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Drácula


Del diario de Mina Harker

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* * *
6 de noviembre. Estaba ya bastante avanzada la tarde cuando el profesor y yo nos pusimos en marcha hacia el este, por donde sabía yo que se estaba acercando Jonathan. No avanzamos rápidamente, debido a que el terreno era muy en pendiente y teníamos que llevar con nosotros pesadas pieles y abrigos, porque no deseábamos correr el riesgo de permanecer sin ropas calientes en medio del frío y de la nieve. Además, tuvimos que llevarnos parte de nuestras provisiones, ya que estábamos en una comarca absolutamente desolada y, en toda la extensión que abarcaba nuestra mirada, sobre la nieve, no se veía ningún lugar habitado. Cuando hubimos recorrido aproximadamente kilómetro y medio, me sentí cansada por la pesada caminata, y me senté un momento a descansar. Entonces, miramos atrás y vimos el lugar en que el altivo castillo de Drácula destacaba contra el cielo, debido a que estábamos en un lugar tan bajo con respecto a la colina sobre la que se levantaba, que los Cárpatos se encontraban muy lejos detrás de él.

Lo vimos en toda su grandeza, casi pendiente sobre un precipicio enorme, y parecía que había una gran separación entre la cima y las otras montañas que lo rodeaban por todos lados. Alcanzábamos a oír el aullido distante de los lobos. Estaban muy lejos, pero el sonido, aunque amortiguado por la nieve, era horripilante. Comprendí por el modo en que el profesor van Helsing estaba mirando a nuestro alrededor, que estaba buscando un punto estratégico en donde estaríamos menos expuestos en caso de ataque. El camino real continuaba hacia abajo y podíamos verlo a pesar de la nieve que lo cubría.

Al cabo de un momento, el profesor me hizo señas y, levantándome, me dirigí hacia él. Había encontrado un lugar magnífico; una especie de hueco natural en una roca, con una entrada semejante a una puerta, entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me hizo entrar.

-¡Vea! -me dijo-. Aquí estará usted a salvo, y si los lobos se acercan, podrá recibirlos uno por uno.

Llevó al interior todas nuestras pieles y me preparó un lecho cómodo; luego, sacó algunas provisiones y me obligó a consumirlas. Pero no podía comer, e incluso el tratar de hacerlo me resultaba repulsivo; aunque me hubiera gustado mucho poder complacerlo, no pude hacerlo. Pareció muy entristecido. Sin embargo, no me hizo ningún reproche. Sacó de su estuche sus anteojos y permaneció en la parte más alta de la roca, examinando cuidadosamente el horizonte. Repentinamente, gritó:

-¡Mire, señora Mina! ¡Mire! ¡Mire!

Me puse en pie de un salto y ascendí a la roca, deteniéndome a su lado; me tendió los anteojos y señaló con el dedo. La nieve caía con mayor fuerza y giraba en torno nuestro con furia, debido a que se había desatado un viento muy fuerte. Sin embargo, había veces en que la ventisca se calmaba un poco y lograba ver una gran extensión de terreno. Desde la altura en que nos encontrábamos, era posible ver a gran distancia y, a lo lejos, más allá de la blanca capa de nieve, el río que avanzaba formando meandros, como una cinta negra, justamente frente a nosotros y no muy lejos..., en realidad tan cerca, que me sorprendió que no los hubiéramos visto antes, avanzaba un grupo de hombres montados a caballo, que se apresuraban todo lo que podían. En medio de ellos llevaban una carreta, un vehículo largo que se bamboleaba de un lado a otro, como la cola de un perro, cuando pasaba sobre alguna desigualdad del terreno. En contraste con la nieve, tal y como aparecían, comprendí por sus ropas que debía tratarse de campesinos o de guanos.

Sobre la carreta había una gran caja cuadrada, y sentí que mi corazón comenzaba a latir fuertemente debido a que presentía que el fin estaba cercano. La noche se iba acercando ya, y sabía perfectamente que, a la puesta del sol, la cosa que estaba encerrada en aquella caja podría salir y, tomando alguna de las formas que estaban en su poder, eludir la persecución. Aterrorizada, me volví hacia el profesor y vi consternada que ya no estaba a mi lado. Un instante después lo vi debajo de mí. Alrededor de la roca había trazado un círculo, semejante al que había servido la noche anterior para protegernos. Cuando lo terminó, se puso otra vez a mi lado, diciendo:

-¡Al menos estará usted aquí a salvo de él!

Me tomó los anteojos de las manos, y al siguiente momento de calma recorrió con la mirada todo el terreno que se extendía a nuestros pies.

-Vea -dijo-: se acercan rápidamente, espoleando los caballos y avanzando tan velozmente como el camino se lo permite -hizo una pausa y, un instante después, continuó, con voz hueca-: Se están apresurando a causa de que está cerca la puesta del sol. Es posible que lleguemos demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad del Señor!

Volvió a caer otra vez la nieve con fuerza, y todo el paisaje desapareció. Sin embargo, pronto se calmó y, una vez más, el profesor escudriñó la llanura con ayuda de sus anteojos. Luego, gritó repentinamente:

-¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! Vea: dos jinetes los siguen rápidamente, procedentes del sur. Deben ser Quincey y John. Tome los anteojos. ¡Mire antes de que la nieve nos impida ver otra vez!
Tomé los anteojos y miré. Los dos hombres podían ser el señor Morris y el doctor Seward. En todo caso, estuve segura de que ninguno de ellos era Jonathan. Al mismo tiempo, sabía que Jonathan no se encontraba lejos; mirando en torno mío, vi al norte del grupo que se acercaban otros dos hombres, que galopaban a toda la velocidad que podían desarrollar sus monturas. Comprendí que uno de ellos era Jonathan y, por supuesto, supuse que el otro debía ser lord Godalming. Ellos también estaban persiguiendo al grupo de la carreta. Cuando se lo dije al profesor, saltó de alegría, como un escolar y, después de mirar atentamente, hasta que otra ventisca de nieve hizo que toda visión fuera imposible, preparó su Winchester, colocándolo sobre uno de los peñascos, preparado para disparar.

-Están convergiendo todos -dijo-. Cuando llegue el momento, tendremos gitanos por todos lados.
Saqué mi revólver y lo mantuve a punto de disparar, ya que, mientras hablábamos, el aullido de los lobos sonó mucho más cerca. Cuando la tormenta de nieve se calmó un poco, volvimos a mirar. Era extraño ver la nieve que caía con tanta fuerza en el lugar en que nosotros nos encontrábamos y, un poco más allá, ver brillar el sol, cada vez con mayor intensidad, acercándose cada vez más a la línea de montañas. Al mirar en torno nuestro, pude ver manchas que se desplazaban sobre la nieve, solas, en parejas o en tríos y en grandes números... Los lobos se estaban reuniendo para atacar a sus presas.

Cada instante que pasaba parecía una eternidad, mientras esperábamos. El viento se hizo de pronto más fuerte y la nieve caía con furia, girando sobre nosotros sin descanso. A veces no llegábamos a ver ni siquiera a la distancia de nuestros brazos extendidos; pero en otros momentos, el aire se aclaraba y nuestra mirada abarcaba todo el paisaje. Durante los últimos tiempos nos habíamos acostumbrado tanto a esperar la salida y la puesta del sol, que sabíamos exactamente cuándo iba a producirse. No faltaba mucho para el ocaso. Era difícil creer que, de acuerdo con nuestros relojes, hacía menos de una hora que estábamos sobre aquella roca, esperando, mientras los tres grupos de jinetes convergían sobre nosotros. El viento se fue haciendo cada vez más fuerte y soplaba de manera más regular desde el norte. Parecía que las nubes cargadas de nieve se habían alejado de nosotros, porque había cesado, salvo copos ocasionales. Resultaba bastante extraño que los perseguidos no se percataran de que eran perseguidos, o que no se preocuparan en absoluto de ello. Sin embargo, parecían apresurarse cada vez más, mientras el sol descendía sobre las cumbres de las montañas.

Se iban acercando... El profesor y yo nos agazapamos detrás de una roca y mantuvimos nuestras armas preparadas para disparar. Comprendí que estaba firmemente determinado a no dejar que pasaran. Ninguno de ellos se había dado cuenta de nuestra presencia.

Repentinamente, dos voces gritaron con fuerza:

-¡Alto!

Una de ellas era la de mi Jonathan, que se elevaba en tono de pasión; la otra era la voz resuelta y de mando del señor Morris. Era posible que los gitanos no comprendieran la lengua, pero el tono en que fue pronunciada esa palabra no dejaba lugar a dudas, sin que importara en absoluto en qué lengua había sido dicha.

Instintivamente, tiraron de las riendas y, de pronto, lord Godalming y Jonathan se precipitaron hacia uno de los lados y el señor Morris y el doctor Seward por el otro. El líder de los gitanos, un tipo de aspecto impresionante que montaba a caballo como un centauro, les hizo un gesto, ordenándoles retroceder y, con voz furiosa, les dio a sus compañeros orden de entrar en acción. Espolearon a los caballos que se lanzaron hacia adelante, pero los cuatro jinetes levantaron sus rifles Winchester y, de una manera inequívoca, les dieron la orden de detenerse. En ese mismo instante, el doctor van Helsing y yo nos pusimos en pie detrás de las rocas y apuntamos a los gitanos con nuestras armas. Viendo que estaban rodeados, los hombres tiraron de las riendas y se detuvieron. El líder se volvió hacia ellos, les dio una orden y, al oírla, todos los gitanos echaron mano a las armas de que disponían, cuchillos o pistolas, y se dispusieron a atacar. El resultado no se hizo esperar.

El líder, con un rápido movimiento de sus riendas, lanzó su caballo hacia el frente, dirigiéndose primeramente hacia el sol, que estaba ya muy cerca de las cimas de las montañas y, luego, hacia el castillo, diciendo algo que no pude comprender. Como respuesta, los cuatro hombres de nuestro grupo desmontaron de sus caballos y se lanzaron rápidamente hacia la carreta. Debía haberme sentido terriblemente aterrorizada al ver a Jonathan en un peligro tan grande, pero el ardor de la batalla se había apoderado de mí, lo mismo que de todos los demás; no tenía miedo, sino un deseo salvaje y apremiante de hacer algo. Viendo el rápido movimiento de nuestros amigos, el líder de los gitanos dio una orden y sus hombres se formaron instantáneamente en torno a la carreta, en una formación un tanto indisciplinada, empujándose y estorbándose unos a otros, en su afán por ejecutar la orden con rapidez.

En medio de ellos, alcancé a ver a Jonathan que se abría paso por un lado hacia la carreta, mientras el señor Morris lo hacia por el otro. Era evidente que tenían prisa por llevar a cabo su tarea antes de que se pusiera el sol. Nada parecía poder de tenerlos o impedirles el paso: ni las armas que les apuntaban, ni los cuchillos de los gitanos que estaban formados frente a ellos, ni siquiera los aullidos de los lobos a sus espaldas parecieron atraer su atención. La impetuosidad de Jonathan y la firmeza aparente de sus intenciones parecieron abrumar a los hombres que se encontraban frente a él, puesto que, instintivamente, retrocedieron y lo dejaron pasar. Un instante después, subió a la carreta y, con una fuerza que parecía increíble, levantó la caja y la lanzó al suelo, sobre las ruedas. Mientras tanto, el señor Morris había tenido que usar la fuerza para atravesar el círculo de gitanos. Durante todo el tiempo en que había estado observando angustiada a Jonathan, vi con el rabillo del ojo a Quincey que avanzaba, luchando desesperadamente entre, los cuchillos de los gitanos que brillaban al sol y se introducían en sus carnes. Se había defendido con su puñal y, finalmente, creí que había logrado pasar sin ser herido, pero cuando se plantó de un salto al lado de Jonathan, que se había bajado ya de la carreta, pude ver que con la mano izquierda se sostenía el costado y que la sangre brotaba entre sus dedos. Sin embargo, no se dejó acobardar por eso, puesto que Jonathan, con una energía desesperada, estaba atacando la madera de la caja, con su gran cuchillo kukri, para quitarle la tapa, y Quincey atacó frenéticamente el otro lado con su puñal. Bajo el esfuerzo de los dos hombres, la tapa comenzó a ceder y los clavos salieron con un chirrido seco. Finalmente, la tapa de la caja cayó a un lado.
Para entonces, los gitanos, viéndose cubiertos por los Winchesters y a merced de lord Godalming y del doctor Seward, habían cedido y ya no presentaban ninguna resistencia. El sol estaba casi escondido ya entre las cimas de las montañas y las sombras de todo el grupo se proyectaban sobre la tierra. Vi al conde que estaba tendido en la caja, sobre la tierra, parte de la cual había sido derramada sobre él, a causa de la violencia con que la caja había caído de la carreta. Estaba profundamente pálido, como una imagen de cera, y sus ojos rojos brillaban con la mirada vengadora y horrible que tan bien conocía yo.

Mientras yo lo observaba, los ojos vieron el sol que se hundía en el horizonte y su expresión de odio se convirtió en una de triunfo.

Pero, en ese preciso instante, surcó el aire el terrible cuchillo de Jonathan. Grité al ver que cortaba la garganta del vampiro, mientras el puñal del señor Morris se clavaba en su corazón.

Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció.

Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la disolución del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que nunca hubiera esperado que pudiera expresarse.

El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo rojizo, y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra la luz del sol poniente.

Los gitanos, considerándonos responsables de la desaparición del cadáver, volvieron grupas a sus caballos y se alejaron a toda velocidad, como si temieran por sus vidas. Los que iban a pie saltaron sobre la carreta y les gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se mantenían a respetable distancia, los siguieron y nos dejaron solos.

El señor Morris, que se había desplomado al suelo con la mano apretada sobre su costado, veía la sangre que salía entre sus dedos. Corrí hacia él, debido a que el círculo sagrado no me impedía ya el paso; lo mismo hicieron los dos médicos. Jonathan se arrodilló a su lado y el herido hizo que su cabeza reposara sobre su hombro. Con un suspiro me tomó una mano con la que no tenía manchada de sangre. Debía estar viendo la angustia de mi corazón reflejada en mi rostro, ya que me sonrió y dijo:

-¡Estoy feliz de haber sido útil! ¡Oh, Dios! -gritó repentinamente, esforzándose en sentarse y señalándome-. ¿Vale la pena morir por eso? ¡Miren! ¡Miren!

El sol estaba ya sobre los picos de las montañas y los rayos rojizos caían sobre mi rostro, de tal modo que estaba bañada en un resplandor rosado. Con un solo impulso, los hombres cayeron de rodillas y dijeron: "Amén", con profunda emoción, al seguir con la mirada lo que Quincey señalaba. El moribundo habló otra vez:

-¡Gracias, Dios mío, porque todo esto no ha sido en vano! ¡Vean! ¡Ni la nieve está más limpia que su frente! ¡La maldición ha concluido!

Y, ante nuestro profundo dolor, con una sonrisa y en silencio, murió un extraordinario caballero.
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On November 7th, 2006 12:00 am (UTC), joanne_distte commented:
oh dios, no me acordaba que moría!! UwU pobre...

parece que estamos llegando ya al final, ains.
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On April 23rd, 2007 05:38 am (UTC), (Anonymous) commented:
Q dia muere Dracula precisamente
Dracula muere precisamente el 7 de noviembre
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